jueves, 9 de abril de 2015

UN RETO DE CONSERVACIÓN PARA EL FUTURO: EL REGRESO DEL LOBO A LA SIERRA DE GUADARRAMA

A mi amigo el naturalista Carlos de Hita, 
que ha reflejado como nadie los sonidos de 
la naturaleza ibérica en sus archivos sonoros,
y a quien le debo un lobo...

Hoy quiero hablar en esta bitácora de un polémico asunto relativo a la gestión y a la conservación de la sierra de Guadarrama como espacio natural protegido, sin duda uno de los que más pasiones levanta y desencuentros produce entre tres grupos de presión implicados en él llamémoslos así‒, que son ganaderos, cazadores y conservacionistas. Me estoy refiriendo al regreso del lobo a nuestras montañas tras una ausencia que se ha alargado durante más de medio siglo, asunto del que ya traté hace seis años en un artículo publicado en la revista Peñalara y en la web de la Sociedad Castellarnau. 
          Para evitar equívocos y confusiones entre los lectores menos informados, voy a iniciar estas líneas partiendo de la premisa incontrovertible de que el lobo ibérico (Canis lupus signatus) es una especie autóctona de las montañas del Sistema Central, a las que ha regresado de forma completamente natural por la expansión de sus poblaciones del norte de la península, y no por pretendidas reintroducciones artificiales, como sostiene una opinión muy extendida entre el sector ganadero. El lobo es tan consustancial a los ecosistemas, al paisaje, a la cultura y a las tradiciones de la sierra de Guadarrama como lo pueden ser, pongamos por caso, el buitre negro, los pinares de Pinus sylvestris o la vaca avileña. Prueba de ello son las numerosas referencias que existen sobre la pasada abundancia de lobos en la antaño denominada cordillera Carpetovetónica, y sobre la lucha que los pastores de la sierra mantuvieron durante siglos contra la entonces temida fiera que destrozaba sus rebaños.

Enorme ejemplar de lobo cazado en los montes de Valsaín (Segovia) a finales de los años
cuarenta del siglo pasado. El joven que aparece en la fotografía es Pedro Montes, vecino
del pueblo ya fallecido (Crónicas gabarreras)

Tradición lobera 
Desde tiempos muy antiguos, los monjes cartujos de El Paular, que poseían una importante cabaña de ovejas merinas, organizaban batidas en las que empujaban a voces a los lobos desde las alturas del puerto del Reventón hasta un callejo de piedra que acababa en el patio trasero del monasterio, llamado todavía hoy «de Matalobos», donde se les mataba a garrotazos. Según datos recogidos de una interesante memoria sobre la Garganta de El Espinar, publicada en 1873 por el ingeniero de montes José Jordana en la Revista forestal, económica y agrícola, en el año 1846 nutridas manadas de lobos, en algunas de las cuales llegaron a contarse hasta quince ejemplares, bajaron desde las cumbres de la Peñota y la Peña del Águila hasta las majadas de El Espinar, causando grandes estragos en los ganados.
          A finales del siglo XIX los lobos parecían abundar más que nunca y su audacia causaba, en ocasiones, gran temor entre las gentes de los pueblos de la sierra. Según la información de un estudio titulado «Los lobos en España», publicado en 1907 en el Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural por el naturalista Ángel Cabrera, en diciembre de 1895 la diligencia que hacía el servicio entre Segovia y Riaza fue atacada por una manada hambrienta mientras atravesaba las tierras de la Vera de la Sierra, resultando heridos dos viajeros a causa del vuelco del carruaje y con serias mordeduras las caballerías. Para no contribuir con estas líneas a la leyenda negra del «lobo asesino», fomentada todavía hoy día desde algunos sectores interesados en crear alarma, añadiré que el esquilmamiento de la caza y la escasez de presas silvestres sobre las que depredar, consecuencia de la pobreza y el hambre endémicos que sufrían las gentes de la sierra en tiempos pasados, unido a la marcha otoñal de los ganados trashumantes hacia sus invernaderos manchegos y extremeños, hacía del lobo de aquellos tiempos un animal mucho más osado y audaz de lo que es hoy día, en que tiene muchos más recursos tróficos a su alcance durante el invierno.

Pastor trashumante en la Vera de la Sierra segoviana, tierra de gran tradición lobera y ganadera, hacia 1895 (Archivo Ceballos-Escalera)

          Las más grandes lobadas que se recuerdan tuvieron lugar hacia finales de la segunda década del siglo XX, y una de las más sonadas se produjo en junio de 1917, cuando en las majadas de la Mujer Muerta los lobos mataron más de sesenta ovejas de varios pastores del pueblo segoviano de La Losa, hecho del que se ocupó, no sin cierto sensacionalismo, el diario madrileño El Mundo, que encabezó la noticia publicada el 28 de junio de aquel año con el título de «Lobos hambrientos». Como vemos, todo lo referente al lobo ya entonces alimentaba la truculencia informativa de los medios de comunicación.
          La presencia del lobo en la sierra de Guadarrama y sus ataques al ganado han quedado reflejados no sólo en los archivos históricos y en las hemerotecas, sino también en la literatura y en la poesía. Nicolás Fernández de Moratín, en su obra La Diana o arte de la caza, publicada en 1765, se refería a las incursiones de los lobos en las majadas de los montes de Valsaín:

                                         El lobo en Sietepicos se ha albergado,
                                         y a la vista a veces del pastor atento
                                         lleva la res, ganado el sotavento...

        Siglo y medio más tarde, en su libro de versos El silencio de la Cartujael poeta Enrique de Mesa recogía los lamentos de los cabreros que apriscaban sus hatos por las alturas de la Cuerda Larga tras una primavera de frío y lobos:

                                                   Trajo abril ventisca y hielo,
                                                   hambre para la llanura,
                                                   para los pastores duelo.
                                                   Que la rezaga inverniza
                                                   echó a los hatos el lobo
                                                   del canchal de la Pedriza... 

          Aunque los ataques a las majadas se producían a lo largo de todo el verano, era a fines de septiembre y principios de octubre cuando los lobos, que en esta época se esfuerzan en sacar adelante a los jóvenes lobatos del año adiestrándolos en las técnicas de caza, se volvían más audaces quizá presintiendo la llegada del invierno y la desaparición de los ganados de la sierra. Esos días que iniciaban la otoñada eran los de mayores sofocos para los pastores, que en las noches ya frías y lluviosas, desde el interior de los chozos, oían casi impotentes ladrar a los perros en la oscuridad y revolverse nervioso el ganado en el aprisco ante la proximidad de la fiera. Pastores y cabreros habían de pasar a veces noches enteras en vela gritando y azuzando a los perros para mantener alejados a los lobos envalentonados por el número.
          Recogiendo aquí literalmente lo que escribí al respecto en mi libro Memorias del Guadarrama, a decir de algunos viejos pastores, los lobos tenían sus aulladeros en ciertos pasos característicos de las cumbres de la sierra desde donde hacían su llamada a la caza, en la que al primer aullido se iban sumando otros a más larga distancia, formándose así el lejano estrépito que en medio de la noche producía el temor entre los habitantes de las majadas. Alguno de estos lugares ha conservado en la toponimia el recuerdo de esta escena secular de la llamada del lobo. Como era tradición entre los pastores y cabreros de Manzanares el Real, Rascafría y Miraflores de la Sierra, desde el paraje conocido antaño como collado de la Peña de los Lobos, en lo alto de la Cuerda Larga, después de inundar la noche con sus aullidos las manadas de lobos descendían hasta las majadas del Hueco de San Blas el Viejo, a las del Chivato y de los Hoyos de la Sierra, sobre la Pedriza de Manzanares, o a las de Majalagrande, en la Morcuera, para atacar al ganado en los apriscos.

El collado de la Peña de los Lobos, en la Cuerda Larga, antiguo topónimo hoy alterado en muchas guías y sitios web con la denominación absurda de «Collado de Pedro de los Lobos». Quizá algún admirador de Sergei Prokofiev...

          Frente al resignado realismo de los pastores, la visión de las gentes de la ciudad que recorrían la sierra a comienzos del siglo XX a veces pecaba de un exceso de dramatismo por la influencia de las novelas de aventuras de Emilio Salgari y James Oliver Curwood, tan de moda en la época. Como ejemplo de ello valga esta encendida y un tanto novelesca descripción de la misma escena ancestral del aullido del lobo, que encontramos en un breve y curioso libro titulado Notas sobre la Sierra de Guadarrama (Aspectos y paisajes), publicado en 1910 por Alberto de Segovia, uno de los contados excursionistas que por entonces recorrían el valle de Lozoya.

          «Estamos entrando en el valle del Lozoya por un pinar que la noche cubre
          de sombras impenetrables. Al cruzar un arroyo el camino se nos pierde
          y nos hallamos perplejos para decidir dirección a seguir. Son las diez de la
          noche. A lo lejos, por las estribaciones de Cabezas de Hierro y de Peñalara, 
          exactamente por los mismos sitios en que hemos ido por la tarde se escucha
          largo, intenso, aterrador, como un grito espantoso de hambre y de tristeza
          resonando prolongado en todo el valle, el aullido de un lobo. Los perros de
          todas las majadas ladran furiosamente. Las vacas y los toros huyen
          amedrentados haciendo sonar, metálicos, sus cencerros. El aullido se repite
          insistente, horroroso, en la quietud y el silencio de la noche estival... La luna,
          siempre nítida, ilumina el bosque metiendo sus rayos por entre las ramas
          de los pinos tupidos y negros...»         

          Por supuesto, entre las gentes de la sierra este tipo de literatura destinada al consumo ciudadano no tenía cabida. Mucho más pragmáticos por la necesidad de defender sus rebaños, algunos pastores, expertos conocedores de las costumbres del gran depredador de las montañas ibéricas, cambiaban de oficio durante algunas semanas cada año, convirtiéndose en cazadores de lobos. Seguramente, el más renombrado de todos estos loberos que ejercieron su oficio en la sierra de Guadarrama fue Antonio Robledo, el Tío Francachela, nacido en Miraflores de la Sierra en 1826, un cabrero que se dedicó durante toda su vida a descastar de lobos las sierras de la Cuerda Larga y la Morcuera, el Hueco de San Blas el Viejo y los montes que rodean la cabecera del valle de Lozoya. Armado únicamente con un saco y un grueso garrote, salía de su casa a principios de junio y pasaba semanas enteras en lo más escabroso de la sierra, buscando los cubiles de las lobas paridas con el fin de apoderarse de sus cachorros. Comía en las majadas, donde siempre era bien recibido por sus compañeros, que le obsequiaban de buen grado sabiendo que velaba por sus rebaños. Su maña poco común para capturar camadas de lobos le hizo tan popular en la comarca que una comisión de ganaderos y vecinos de los pueblos consiguió para él una pensión vitalicia de ochenta céntimos diarios. El mismo gobernador de Segovia le llamó para oírle contar sus correrías y le regaló, entre otras cosas, una escopeta que el Tío Francachela nunca utilizó en el desempeño de su oficio, que continuó hasta su muerte en 1893.

Todavía hoy a menudo se ensalza al lobo preferiblemente muerto, como hace este monumento erigido en Miraflores de la Sierra a la memoria del "Tío Francachela", célebre cazador de lobos del siglo XIX  

          Uno de los últimos y más curiosos testimonios de ataques de los lobos al ganado en la sierra de Guadarrama, que el autor conoce de primera mano, es de Felipe Sanz, vecino de Alameda del Valle ya fallecido, a quien escuchó contar hace muchos años cómo, al subir en otoño a recoger unas vacas al puerto de la Morcuera, mediada la década de los cuarenta del siglo pasado, las encontró guarecidas en la segunda planta del entonces abandonado edificio construido antes de la guerra civil por la Diputación Provincial de Madrid y hoy convertido en refugio, hasta donde habían subido por la escalera acosadas por los lobos.   
          Apenas diez años después el lobo ya estaba prácticamente descastado de las sierras de Guadarrama y Somosierra como consecuencia de la drástica política de exterminio emprendida por las Juntas Provinciales de Extinción de Animales Dañinos creadas en la posguerra por la administración del régimen de Franco, que se caracterizó por la organización de constantes batidas contra la especie, la concesión de premios en metálico por la muerte y captura de lobos, y la colocación masiva e indiscriminada de cebos envenenados en los montes de la sierra donde se detectaba su presencia.         
          Disponemos de testimonios documentales sobre alguna de estas últimas batidas que se organizaron en la sierra de Guadarrama, como la que solicitó el Ayuntamiento de Canencia el 1 de mayo de 1941 a la División Hidrológico Forestal del Tajo para acabar con los lobos que estaban causando graves daños a los ganados de esta pequeña localidad y de las colindantes de Miraflores de la Sierra y Bustarviejo, y que, como se decía literalmente en el escrito de solicitud, «tenemos noticias ciertas de que su guarida es en el vivero forestal a cargo de esa División». En este paraje, situado en lo más profundo de los pinares de Canencia y conocido como Mojonavalle, hoy vuelve a escucharse en la lejanía el aullido del lobo, uno de esos milagros que a veces se producen gracias a la lenta pero constante transformación de la Naturaleza, que encuentra caminos de ida y vuelta cuando la acción destructora del hombre lo permite. Al autor de estas líneas le llena de alegría que sea allí mismo donde descansa su padre, que, según contaba siempre a sus hijos con emoción, escuchó por última vez aullar al lobo en el inmediato Hueco del Cancho, allá por el otoño de 1942.

Portada del diario ABC correspondiente al 30 de enero de 1934 con la noticia 
de una multitudinaria batida a los lobos en Manzanares el Real (Hemeroteca ABC)

El regreso del lobo a la sierra de Guadarrama: un reto para el futuro 
Vista y demostrada la gran tradición lobera de la sierra de Guadarrama, hablaremos ahora del presente y del futuro del lobo en estas montañas. Tras su desaparición a comienzos de la década de los años cincuenta, ejemplares errantes se dejaron ver ocasionalmente aquí y allá durante mucho tiempo, dejando un halo de misterio tras sus contadas y fantasmales apariciones. Así, en los años sesenta fueron vistos lobos en las montañas de Somosierra
y en la sierra de Malagón, muy cerca de San Lorenzo de El Escorial. En el invierno de 1972 fue cazado un ejemplar en las inmediaciones del puerto de Malagosto, y en octubre de 1984 fue abatido otro en el pinar de Navafría. Muy poco después, el 10 de febrero de 1985, apareció en el diario ABC la sorprendente noticia sobre un lobo cazado en el monte de Viñuelas, a diez kilómetros escasos de la Plaza de Castilla y en pleno término municipal de Madrid. En abril de 1986 otro ejemplar fue atropellado y muerto en la carretera que desciende desde el puerto de Navacerrada hacia Valsaín, lo que creó mucho revuelo al saberse después que había sido liberado junto a otro ejemplar cazado un año después en Gallegos (Segovia)‒ de una finca privada en donde lo mantenían en cautividad. A pesar de este hecho, que sin duda contribuyó a la creencia tan extendida entre los ganaderos de que la actual población de lobos es el resultado de sucesivas reintroducciones, lo cierto es que la frecuencia creciente de avistamientos de lobos durante los años ochenta era ya el anuncio del próximo y definitivo retorno de la proscrita especie a la sierra de Guadarrama desde sus reductos del norte peninsular. A finales de los noventa el lobo ya estaba establecido de forma tímida pero estable en la vertiente septentrional de los montes Carpetanos, en los extensos pinares de Valsaín y El Espinar y en otras zonas del Sistema Central, como la sierra de Ayllón.

Lobo atropellado en Valsaín (Segovia) en abril de 1986. En la fotografía, tomada por Juan 
Carlos Blanco, aparece el también biólogo Alberto Ruiz de Larramendi. Ambos trabajaban 
por entonces en la estación de biología del Ventorrillo, a donde fue llevado el 
cadáver para practicarle la necropsia. En el tracto digestivo del animal aparecieron restos de corzo y jabalí

          Una interesante cuestión para la historia reciente de la especie en la sierra de Guadarrama: ¿a partir de qué momento estos lobos errantes, avistados ocasionalmente durante tantos años, dejaron de ser ejemplares en dispersión de las poblaciones originales para ser ya colonizadores procedentes del norte de la península? Es muy difícil responder a esta pregunta, pero lo cierto es que el punto de inflexión entre la decadencia y la recuperación de la especie en España lo podemos situar hacia finales de la década de los setenta, tras el cambio de sensibilidad hacia el lobo producido en la sociedad por la labor divulgativa de Félix Rodríguez de la Fuente, que logró que la Ley de Caza de 1970 lo librara de la mísera condición de «alimaña» y lo incluyera entre las especies cinegéticas, unida a la atención científica de otros naturalistas de fama ya casi legendaria dentro del mundo de la conservación, como José Antonio Valverde, Jesús Garzón, Ramón Grande del Brío y Carlos Sanz.
           El lobo ha regresado a la sierra de Guadarrama para quedarse, y como era de esperar este retorno está causando los mismos conflictos y temores que se producen en todas las regiones donde el gran depredador vuelve por sus fueros tras décadas de ausencia. Desde 1995, año en que se publicaron las primeras noticias sobre su establecimiento y reproducción en la provincia de Segovia procedente de la expansión de las poblaciones de la provincia de Valladolid, los ataques al ganado en la sierra segoviana han sido constantes, aunque de ellos ya apenas se ocupan los medios de comunicación de Castilla y León, que han pasado a informar sobre los mucho más conflictivos que se están produciendo últimamente en la vecina sierra de Ávila.

Ternero muerto y devorado por los lobos en enero de 2009 junto a La Losa (Segovia), al pie de la Mujer Muerta

           La presencia del lobo siempre es incómoda para las Administraciones, y en el caso de la Comunidad de Madrid la Consejería de Medio Ambiente tuvo que reconocer a regañadientes, hace dos años, la reproducción del lobo en territorio madrileño, obligada por la evidencia incontestable de numerosas fotografías y un vídeo grabado por tres naturalistas de la asociación Sierra Carpetania que fue hecho público en la versión digital del diario El País bajo el titular «El lobo vuelve a criar en Madrid». A pesar de su irritación inicial por haber sido puestos en evidencia tras la publicación de la noticia, los responsables de la gestión del lobo en la región hoy cuentan con la experiencia y la profesionalidad de Rubén Laso, Omar Alonso y Diego Martín, los naturalistas autores del descubrimiento, para continuar con el seguimiento de la pequeña población de lobos madrileña bajo la dirección del biólogo Juan Carlos Blanco, uno de los más acreditados expertos sobre el lobo ibérico de nuestro país.

Lobezno sorprendido en plena noche por una cámara de fototrampeo instalada por los naturalistas de Sierra Carpetania en el valle de Lozoya, primera prueba fehaciente de la reproducción del lobo en la Comunidad de Madrid

          Pero en Madrid las informaciones de algunos medios sobre los conflictos entre el lobo y la ganadería parece que comienzan a adoptar métodos poco éticos y deseables. Tras las primeras lobadas sufridas hace años por algunos ganaderos del valle de Lozoya, recogidas por la prensa de forma generalmente proporcionada, objetiva y responsable, la alarma y la polémica se han desatado tras el reciente ataque a un rebaño de cabras de raza guadarrameña propiedad de Javier Colmenarejo, un conocido y acreditado ganadero y fabricante de quesos artesanales de la pequeña localidad serrana de San Mamés, que ha sido atribuido al lobo sin tener en cuenta que a la misma hora una gran rehala de perros de caza se dispersaba por el monte a pocos kilómetros de allí, durante una montería de jabalíes.
          Muy poco tiempo después, el pasado 3 de marzo, saltó a los medios la sorprendente y alarmante noticia del ataque de un grupo de lobos a una persona, concretamente a un ganadero de la localidad madrileña de Robledillo de la Jara, aunque a los pocos días el medio que la publicó tuvo que rectificar en público obligado por la protesta de la conocida asociación conservacionista Lobo Marley. Sin embargo, difundida ampliamente a través de otros medios vinculados con círculos cinegéticos, la noticia ha creado una gran alarma social, pese a ser sabido entre los cazadores y las gentes de campo y universalmente aceptado por la comunidad científica que, salvo en situaciones excepcionales, el lobo nunca atacará a una persona en campo abierto. A los pocos días, un vídeo de un lobo matando a un perro colgado en la red por una asociación de criadores de ganado ovino con la burda intención de hacerlo pasar como grabado en la estación de Valdesquí, y luego retirado tras demostrarse que es de procedencia rusa, acabó de crear la alarma en algunos sectores de la opinión pública madrileña y encender los ánimos entre los defensores de la especie. Ese mismo vídeo se ha intentado colar a varios medios de comunicación con la falsa noticia, lo que parece indicar un intento premeditado de sembrar el miedo.
          La coexistencia entre el lobo y la ganadería extensiva es complicada y problemática, como lo ha sido siempre, pero no es algo imposible de lograr, como se pretende hacer creer últimamente desde algunos sectores interesados. En cualquier caso, el panorama siempre se complicará de forma exponencial con noticias sensacionalistas y campañas malintencionadas de desinformación colgadas en la red, como las que hemos visto en las últimas semanas. Lobos y ganaderos, como viejos adversarios que son, han aprendido a conocerse perfectamente durante siglos de mutuo enfrentamiento, por lo que la clave para alcanzar un grado de convivencia aceptable entre ambos siempre habrá que buscarla en la experiencia y el conocimiento que hoy sólo conservan algunos pocos pastores de las montañas de Zamora y de León, que no han interrumpido nunca el trato de tú a tú con el lobo y que por ello no necesitan recurrir a artimañas de ningún tipo frente a la opinión pública y las Administraciones. En una sociedad ambientalmente sabia y prudente estos pastores serían elevados de la condición de simples parias, como son considerados hoy día por las leyes del mercado, al rango de maestros, o incluso catedráticos de esa asignatura siempre pendiente de la conservación del lobo y su compatibilidad con la ganadería extensiva. ¡Casi nada!

El empleo de mastines bien adiestrados en la querencia al ganado es imprescindible para los pastores tras el regreso del lobo a la Vera de la Sierra segoviana, como éste que vigila mimetizado con el rebaño como si fuera una oveja más. Al fondo la sierra de Guadarrama con los perfiles inconfundibles de Peñalara, Siete Picos y la Mujer Muerta

          De todo esto y de mucho más pudimos hablar en una jornada dedicada a este problema de la coexistencia entre el lobo y a la ganadería extensiva en la sierra de Guadarrama, que tuvo lugar el pasado 7 de marzo en La Cristalera, la residencia que tiene la Universidad Autónoma de Madrid en el espléndido entorno del Hueco del Cancho, en Miraflores de la Sierra, un paraje para el autor muy cargado de significados, como se ha apuntado un poco más arriba. Esta reunión, que organizamos conjuntamente un grupo de profesionales de la conservación, en especial biólogos y naturalistas, por la iniciativa de la asociación RedMontañas y con el patrocinio de los ayuntamientos de Miraflores de la Sierra y Cerceda, El Boalo y Mataelpino, ha sentado un importante precedente pues en ella se ha logrado por primera vez el entendimiento entre ganaderos, científicos y conservacionistas en su debate sobre los efectos del regreso del lobo a nuestras montañas. La jornada, que tiene vocación de continuidad, culminó con la elaboración de un documento ampliamente suscrito cuyos objetivos serán trasladados a las Administraciones en reuniones futuras.
  
El geógrafo y naturalista Rubén Laso y el biólogo Juan Carlos Blanco en la jornada sobre el lobo celebrada en Miraflores de la Sierra. Ambos realizan trabajos de seguimiento de la pequeña población de lobo ibérico en la Comunidad de Madrid
         
          La coexistencia entre el lobo y la ganadería extensiva exige un verdadero compromiso por parte de estas mismas Administraciones responsables de la gestión de la especie, lo que debería traducirse en medidas avanzadas, valientes e imaginativas que, como tales, no esperamos que vayan a adoptarse a corto plazo. La primera de ellas, sin embargo, es de manual: generalizar y agilizar al máximo el pago de indemnizaciones por los daños causados al ganado y al mismo tiempo favorecer la adopción de medidas preventivas con el fin de reducirlos. En un futuro ideal y previsiblemente lejano, con ganaderos expertos y concienciados, quizá habría que pensar en adoptar la fórmula más racional y coherente empleada en los países del norte de Europa, consistente en dar de antemano y con carácter preventivo generosas ayudas sin pagar los daños, considerando estos últimos como resultado de un mal uso de aquellas. Para ello sería muy conveniente el establecimiento de escuelas de pastores en la región y la adopción de otras medidas complementarias, como la creación de marcas de calidad para productos agropecuarios asociadas a los espacios naturales con presencia del lobo, que resultan muy atractivas para los consumidores urbanos y contribuyen a fortalecer la economía de las pequeñas explotaciones ganaderas.
          Pero hay otras exigencias ineludibles para la conservación de la especie en la sierra de Guadarrama, como son la urgente redacción y aprobación de un Plan de Gestión del Lobo por parte de la Comunidad de Madrid, la adopción de medidas eficaces contra la caza furtiva ‒el lobo es una especie protegida al sur del río Duero‒ y la gestión prudente y sostenible de la importante fuente de recursos turísticos que va a traer consigo el regreso de un animal cada vez más idealizado por la sociedad urbana, y nos referimos especialmente al llamado turismo lobero, cuya demanda se dispara día a día procedente de la ciudad de Madrid. En este aspecto es prioritario el control riguroso de la afluencia de visitantes y deportistas a lugares próximos a las áreas de cría de la especie, pues hoy el lobo está trayendo al mundo a sus camadas en parajes no tan alejados como cabría suponer de algunos lugares en donde se concentran cientos de personas cada fin de semana o por donde transcurren multitudinarias carreras de montaña. Para realizar este control será imprescindible que las administraciones ambientales de ambas vertientes de la sierra recuperen el asesoramiento científico permanente por parte de biólogos independientes, del que prescindieron hace ya tiempo, y el relegado e insustituible papel de la guardería forestal en labores de vigilancia y denuncia.
          Ninguna especie de la fauna ibérica suscita tantas pasiones entre sus enemigos, sus defensores y sus beneficiarios que a la postre somos todos. Su gestión en nuestro territorio está sujeta a tantos intereses y tan enfrentados que las administraciones responsables van a tener que hacer malabarismos para encontrar un punto de equilibrio desde el que intentar conciliar la visión pragmática y utilitarista de ganaderos y cazadores con la científica, objetiva y a veces romántica e idealizada del mundo de la conservación. La supervivencia a largo plazo del lobo ibérico en la sierra de Guadarrama es uno de los más apasionantes retos de conservación que se plantean en nuestro país de cara al futuro, a causa de la inmediata cercanía de este entorno a una aglomeración urbana de más de seis millones de habitantes. En este aspecto ninguna capital de Europa occidental puede presumir como Madrid de conservar poblaciones salvajes de lobo a una hora escasa de distancia de su centro urbano. La reciente creación del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, que abarca una parte importante del nuevo hábitat de la especie, da todavía mayor alcance y significado a la recuperada presencia del lobo ibérico en este territorio.

En la sierra de Guadarrama el lobo ha dejado de ser un mito y un fantasma del pasado para convertirse en una importante realidad con la que hay que contar en el futuro. Esta fotografía de Omar Alonso, tomada en el Valle de Lozoya, es la primera realizada a un lobo en libertad en la Comunidad de Madrid  
  
        Pero también hay que ser realistas y no caer en la fácil tentación de pensar que hay soluciones milagrosas en los extremos. El previsible aumento de los ataques al ganado nos va a deparar nuevos y cada vez más frecuentes escenarios de tensión social y miedos ancestrales, por lo que tendrá que ser ese difícil equilibrio entre tantas posturas encontradas lo que determinará el grado de tolerancia con que recibamos al lobo en su retorno, y también las zonas de nuestra sierra donde queramos que viva. Esperemos que una sociedad cada vez más madura y sensibilizada con los problemas ambientales permita que sean todas aquellas que la especie pueda colonizar libremente, sin limitaciones de ningún tipo, como las que se están imponiendo en Ávila y en Asturias al calificar algunas montañas con esa figura ridícula, contra natura e ilegal que algún funcionario se ha sacado de la manga desde la comodidad de un despacho denominada «zona libre de lobos».
          El regreso del lobo a la sierra de Guadarrama, además de ser el mejor indicador de la salud de sus ecosistemas, en el campo de las emociones nos abre los ojos, el entendimiento y la sensibilidad a la percepción de una montaña más seria, trascendente y muy distinta de ese parque «multiaventura» o de ese polideportivo para multitudes que nos quieren vender como estereotipos del gran espacio recientemente protegido, porque vuelve a poder transmitirnos la sensación profunda de lo salvaje simplemente por la posibilidad de escuchar en la lejanía su aullido intemporal y atávico.

Quiero agradecer a Juan Carlos Blanco, Rubén Laso, Omar Alonso, Diego Martín, Fernando Vázquez y José Manuel Martín Trilla (Chichas) su generosa aportación gráfica para ilustrar esta entrada, y a Javier Donés, director del Centro de Montes y Aserradero de Valsaín, sus informaciones posteriores que han servido para matizar algunos aspectos de la misma. Todos son buenos amigos y profesionales comprometidos firmemente en la conservación del lobo y la ganadería extensiva en la sierra de Guadarrama

25 comentarios:

Luis Español dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
toño dijo...

Enorme Julio tu articulo sobre estos animales tan odiados en algunas ocasiones, como ha pasado hace poco en Asturias que encontraron un lobo muerto colgado en la entrada del pueblo en una señal de tráfico y al que le faltaba una oreja como preciado regalo que se cobro su asesino.

FERNANDO LÓPEZ-MIRONES dijo...

Excelente escrito Julio. Un aullido.

TILENUS1 dijo...

Estimado Julio, de nuevo un placer leer una entrada en esta tu bitácora, en este caso centrada en un tema tan polémico y tan apasionante como es el de la vuelta de mi querido y admirado Canis lupus a la vertiente madrileña de la Sierra de Guadarrama. Lo he leído con sumo gusto de principio a fin y la verdad es que poco o nada puedo decirte ya que en él haces mención a toda una serie de elementos fundamentales: carácter autóctono del lobo; falsa leyenda de su reintroducción por el ser humano; falso peligro para las personas; ataques de perros asilvestrados que son cargados al lobo; necesidad de una gestión de su población, y un largo etcétera de cuestiones y aspectos que son necesarios a la hora de hablar del lobo y su presencia en la Sierra y en cualquier lugar de la Península. Por cierto, me han gustado los datos históricos que has comentado, los cuales los recuerdo de tu libro Memorias del Guadarrama, que leí en 2003 y ocupa un lugar preferente en mi modesta colección de libros. Un saludo y de paso un aullido.

Raúl Moreno Fernández
Geógrafo, naturalista e historiador.

Julio Vías dijo...

Luis, ¿por qué has suprimido tu comentario? Haz el favor de reconstruirlo y volverlo a colgar. Era buenísimo, y para mí insustituible por tu sentido del humor. Ya te daré p'al pelo cuando te vea...

Julio Vías dijo...

Fernando, muchas gracias por tu comentario. Fue un placer coincidir contigo el otro día en la Sociedad Geográfica después de tantos años. Un aullido también para ti, y espero que hasta pronto...

Julio Vías dijo...

Raúl, gracias por tu comentario, y un abrazo

jpvelascosayago dijo...

Espero que esta vez sí sepa 'colgar' el comentario. Julio, como siempre un placer leer tus entradas. El tema, polémico desde que el hombre es hombre, es bueno que esté en el candelero. Recuerdo las palabras del presidente de ADENA, allá por 1974, sobre la situación del lobo: “Desde que a principios del verano pasado aparecieron varias noticias sobre ataques de ciertos cánidos a niños en la región gallega no ha habido ningún diario que no haya opinado sobre la conducta y futuro del lobo español (Canis lupus signatus), en general con noticias poco acertadas y convincentes, destacando una campaña de mentalización en contra de la supervivencia de uno de los depredadores mejor capacitados con que contamos para establecer el equilibrio biológico y la selección natural de nuestra fauna, y, sobre todo, lo más importante, tratándose de un endemismo, cuyos especímenes, cada vez más escasos, encuentran su último refugio en ciertos montes de nuestras serranías, en donde su total extinción dejaría un vacio que jamás el hombre podrá sustituir.” Un saludo.

Julio Vías dijo...

Juan Pedro, estoy completamente de acuerdo con tu opinión. Yo también recuerdo bien esas noticias truculentas de niños atacados y devorados por los lobos en Galicia, allá por los años 73 y 74 del siglo pasado. Aquí copio el enlace a una de ellas:
http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1974/10/01/099.html

Anónimo dijo...

Un aviso para evitar que se reproduzca en el futuro lo que está sucediendo en la Sierra de la Culebra (Zamora) en torno al turismo con el lobo.

http://www.laopiniondezamora.es/comarcas/2014/03/24/denuncian-trato-favor-empresa-dedicada/749256.html

http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article63865

Anónimo dijo...

Julio, excelente articulo, enhorabuena. Un abrazo, Gonzalo

Jorge Etxague dijo...

Excelente artículo.
Hay un testimonio que ilustra bien cierta admiración teñida de temor reverencial que nuestros antepasados le tuvieron a un animal tan mitológico, y es el abundante rastro que ha dejado en la antroponimia ibérica, con apellidos como López, esto es, "el hijo de Lope (el lobo)", (el 5º más frecuente en España, según el INE), y sus correlatos galaico-portugués (Lopes) o catalán (Llopis). Ochoa, en su día nombre de pila, procede a su vez del euskera "otso", que quiere decir lobo, justamente. Quizá solo en los países germanos, con sus innumerables Wolf, ha habido semejante afición a adoptarlo como nombre primero y patronímico después.
Un saludo.

Julio Vías dijo...

Jorge, siempre son bienvenidos tus sabios y documentados comentarios, en esta y en otras entradas. Muchas gracias y un saludo.

Rubén Laso dijo...

Hola Julio:

Simplemente quería darte públicamente mi enhorabuena: gran artículo.

Un abrazo.

Javier Atrio dijo...

Enhorabuena por el artículo, el detalle es magnífico sin hacerse pesado y me parece agradablemente objetivo, de planteamientos honestos y muy acertados.
Saludos.

Tamarón dijo...

Muchas gracias, querido Julio, por tu noble y a la vez equilibrado ensayo.

Un abrazo de Santiago

Julio Vías dijo...

Querido Santiago, siempre es un placer y una alegría acoger tus comentarios en esta bitácora. Me acordé de ti y de tus desvelos por conservar el paisaje del piedemonte segoviano al colgar la preciosa foto del archivo Ceballos-Escalera que muestra al pastor en la Vera de la Sierra. ¡Cómo ha cambiado todo en un siglo!
Un abrazo

Jesús Rodríguez Morales dijo...

Uno de los recuerdos más vívidos de mi niñez es el espectáculo de un lobo muerto, colgado de los cuartos traseros, como un "desperado" abatido, en la Plaza Mayor de Guadarrama. Correría el año 61 o 62 y su imagen imborrable aún se me representa cada vez que paso por esa plaza serrana.

Josefina Gómez dijo...

El relato histórico es bello y emocionante, y el debate planteado en sus términos. Pero, además, como nos tienes acostumbrados, magníficas ilustraciones y fotografías. Todas. La portada del ABC de los años cuarenta parece una alegoría de la época. Enhorabuena,

Julio Vías dijo...

Amigo Jesús, tu comentario constituye un valioso testimonio para la historia del lobo en la sierra de Guadarrama. Esa imagen imborrable que se te ha quedado grabada en la memoria ha sido una constante en la historia rural española desde la Edad Media, y se ha repetido hace pocos días en Asturias con un lobo colgado de una señal de tráfico, para que lo vieran cientos de conductores. El lobo desata todavía odios ancestrales y ojalá no la tengamos que volver a contemplar en los pueblos y caminos de nuestra sierra. Gracias por tus palabras escritas y un saludo cordial

Julio Vías dijo...

Josefina, es todo un placer y un privilegio acoger en esta bitácora los comentarios de una de las personas que más saben de montes y que más se han comprometido en su protección de toda España. Gracias y un abrazo.

Honorio dijo...

Muy buen artículo, Julio, tratado con rigurosidad y con la mesura que necesita el tema. Los ganaderos son tan parte del Guadarrama como el propio lobo y sólo con un entendimiento entre las partes conseguiremos tener una Naturaleza saludable y que el animal más fascinante de nuestra fauna pueda campar por nuestra amada sierra.
Te felicio por tu artículo.
Un saludo,
Honorio

juan diego dijo...

Juan Diego

Ahora que he vuelto al monte, aunque este ya no sea el que yo conocí en soledad, y después de casi 40 años sin pisarlo con la mochila llena de recuerdos de nuestras cabalgadas por la Sierra, tu artículo me sugiere las 3 cosas que decía Einstein: Verdad, bondad y belleza y te felicito por ello.

Un abrazo

Julio Vías dijo...

Juan Diego, es verdad, pateamos mucho, mucho las sierras de Guadarrama y Ayllón allá por los años setenta del siglo pasado, y soñábamos con el lobo y su "imposible" regreso a la sierra. No nos imaginábamos la paradoja a la que íbamos a asistir al cabo casi de medio siglo: hoy el Guadarrama está más masificado que nunca, pero vuelve el lobo demostrándonos lo equivocados que estábamos en muchos aspectos. Esperemos que al final no se dé la vuelta hacia las montañas de Zamora con el rabo entre las piernas...
Un abrazo

Víctor Ortega dijo...

Me ha parecido muy interesante; ¡lo que sea por conservar nuestro lobo!