miércoles, 25 de febrero de 2015

LAS ANTENAS DE LA BOLA DEL MUNDO Y EL CENTENARIO DE FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS

Tras la declaración del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, y vistas las polémicas que está desatando la falta de control sobre el uso público de este nuevo espacio protegido, uno se reafirma en su convencimiento de que el exceso de protagonismo mediático es algo muy poco conveniente para la conservación de los parajes más sensibles y amenazados de estas montañas tan cercanas a Madrid. La pérdida que ello puede traer consigo en términos de soledad, tranquilidad y silencio, características que son exigibles en dosis razonables para todo espacio natural protegido que se precie como tal, es una de sus peores consecuencias. 
          Sin embargo, voy a echar leña al fuego en una antigua controversia retomada recientemente por algunos medios de comunicación alrededor de una de las cumbres más renombradas entre todas las que accidentan la vieja y desgastada orografía española. Como el lector informado ya sabrá por el título de esta entrada, me estoy refiriendo a Las Guarramillas, más popularmente conocida como «la Bola del Mundo», una montaña cuya redondeada cima erizada de grandes antenas de telecomunicaciones constituye una visión cercana y habitual para los habitantes de Madrid y Segovia, que diariamente la pueden contemplar, cada cual desde su propia lejanía, según estén situados a uno u otro lado de la sierra de Guadarrama.

Una montaña simbólica
Pero esta montaña tiene una relevancia que va mucho más allá de esta cotidianidad visual o de su destacado y conocido papel como escenario de actividades deportivas y de ocio. Por una parte está su gran importancia geográfica, pues no en vano constituye un verdadero nudo orográfico e hidrográfico en el que confluyen los tres grandes cordales que forman la sierra de Guadarrama y donde tienen sus más altas fuentes los cuatro principales ríos de la sierra: el Guadarrama, el Manzanares, el Lozoya y el EresmaPor si fuera poco, en sus vertientes meridionales se abren los valles de dos de estos ríos que indistintamente se llamaron Guadarrama durante la Edad Media: el antiguo «Guadarrama de Madrid», el actual Manzanares, que tiene sus fuentes en el ventisquero de las Guarramillas o de la Condesa, y el «Guadarrama de Calatalifa», hoy el verdadero Guadarrama, que tiene el punto más elevado de su cabecera en las altas vertientes occidentales de esta cumbre, allí donde se forman las escorrentías que dan origen al arroyo del Regajo del Puerto. Es en el hecho del nacimiento de estos dos Guadarramas medievales, que se distinguían por el nombre de las dos fortalezas musulmanas que defendían el paso por sus cauces, donde hay que buscar el origen del antiguo nombre de esta montaña, que ya aparece denominada como «Las Guadarramiellas» en el Libro de la Montería que mandó escribir el rey Alfonso XI de Castilla a mediados del siglo XIV.
          Pero además de su importancia geográfica e histórica, la cumbre de Las Guarramillas es un lugar cargado de un profundo significado cultural que emana del hecho trascendente que supuso la contemplación desde su cima de una puesta de sol que inspiraría a Francisco Giner de los Ríos su artículo "Paisaje", un hito estético fundamental para el posterior «descubrimiento» del paisaje de Castilla por parte de los más destacados escritores de la generación del 98. De la misma forma, este artículo, publicado en La Ilustración Artística en marzo de 1886, dio origen a una corriente cultural científica y deportiva de acercamiento hacia la sierra de Guadarrama que hoy denominamos como
«guadarramismo», de la cual deriva en gran parte el moderno movimiento conservacionista vinculado a estas montañas.

Una puesta de sol contemplada desde aquí mismo en 1885 inspiró a Francisco Giner de los Ríos su artículo "Paisaje"