viernes, 27 de noviembre de 2015

IN MEMORIAM: ENRIQUE DE LA VEGA Y LAS INDUMENTARIAS DEPORTIVAS EN LA SIERRA DE GUADARRAMA HACE CIEN AÑOS

Este año 2015 que toca a su fin ha sido pródigo en efemérides relacionadas con la sierra de Guadarrama y con el recientemente declarado parque nacional que lleva su nombre. La más importante ha sido el centenario de la muerte de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), fundador de la Institución Libre de Enseñanza y uno de los más destacados precursores del movimiento guadarramista, acontecimiento que ha merecido la atención de los medios de comunicación y ha sido conmemorado con cursos, exposiciones, ciclos de conferencias e incluso en la tradicional marcha anual del Aurrulaque. Pero como contrapunto a estas celebraciones, hay otra figura del guadarramismo de la primera época que ha sido olvidada al cumplirse, también en este año, el centenario de su fallecimiento, por lo que no quiero dejar que acabe sin dedicarle unas líneas en su recuerdo. Me refiero a Enrique de la Vega, uno de los personajes menos conocidos y al mismo tiempo más atrayentes de la pequeña historia reciente de nuestra sierra, un joven poeta y dramaturgo que jugó un importante aunque fugaz papel en el proceso histórico del llamado descubrimiento del Guadarrama, allá por los primeros años del siglo XX.
          Nunca he podido averiguar la fecha de nacimiento del protagonista de estas líneas, pese a mi insistente búsqueda durante mucho tiempo, aunque sabemos que sobrepasaba de largo la treintena cuando murió. Hijo del conocido autor dramático Ricardo de la Vega y nieto del también escritor Ventura de la Vega ‒el primero recordado en el monumento a los saineteros madrileños de la calle de Luchana, y el segundo con la calle que lleva su nombre, Enrique de la Vega quiso seguir la brillante tradición literaria familiar estrenando algunas comedias y publicando otras obras hoy casi olvidadas, como su libro de versos en dos tomos titulado Madroños (1913), en el que recopiló su producción poética. Sin duda fue su temprana muerte la que le impidió pasar a la posteridad como miembro de una relevante generación de escritores y poetas coetáneos, en la que destacaron figuras como Jacinto Benavente, Rubén Darío, Enrique Díez Canedo, Juan Ramón Jiménez, Enrique de Mesa, Emilio Carrere y otros. Desde luego, virtudes literarias no le faltaban para haberlo conseguido de haber llegado hasta la madurez de su vidaDe su padre, uno de los más célebres autores de libretos de zarzuelas, como La verbena de la Paloma y El año pasado por agua, heredó su ingenio chispeante y su sentido del humor, aspecto en el que quiero centrar estas líneas como sencillo recuerdo en el centenario de su muerte, una muerte trágica e injusta en plena juventud si es que la muerte alguna vez pudiera ser justa‒ causada por la plaga mortal de la época: la tuberculosis.  
          
Enrique de la Vega poco antes de su muerte en una de las escasas fotografías que de él 
se conservan. Las huellas de la enfermedad son evidentes en su rostro demacrado
(Archivo de la RSEA Peñalara)