miércoles, 12 de julio de 2017

RECREACIÓN DE UNA OBRA DE ARTE DE LA NATURALEZA: EL ÁLAMO DE MIRAFLORES DE LA SIERRA

Hace algo más de ocho meses escribí una entrada en esta misma bitácora para explicar el proyecto de recuperación del Álamo de Miraflores de la Sierra, el viejo olmo desaparecido en 1990 a causa de la plaga de la grafiosis, cuyo espectacular y deteriorado tronco constituye todo un símbolo para esta localidad por su significación para la memoria colectiva de sus gentes y por estar ligado a la memoria del poeta y Premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre. Tras un sinfín de trámites administrativos para conseguir su financiación por la Dirección General de Vivienda y Rehabilitación de la Comunidad de Madrid ‒en los que hay que destacar la gran ayuda de la subdirectora Pilar Alonso García del Busto y del jefe del Área de Proyectos Ángel Valdivieso‒, al cabo de dos años hemos logrado nuestro objetivo con pleno éxito, aunque la iniciativa ha estado sometida a una fuerte controversia por las acusaciones de haberse tomado la decisión sin convocar previamente una consulta popular.
          Pretender remover o alterar los símbolos, aunque sea con ánimo de perpetuarlos, es algo muy arriesgado porque puede desatar las más ásperas reacciones, lo que ha comprobado personalmente el autor de estas líneas y de semejante temeridad. No es este el lugar para hablar de las discordias, falsedades y afanes de protagonismo que tan a menudo caracterizan la política local, pero con el fin de que se valore en toda su dimensión el gran trabajo realizado sí es necesario hacer una breve crónica del proceso de creación de esta obra de arte, en el que han participado muchas personas y en el que uno mismo se ha implicado desde el primer momento en todas y cada una de sus etapas, obligado por la gran responsabilidad asumida como concejal de Medio Ambiente y Urbanismo e impulsor del proyecto. Ello, al final, le ha supuesto una gran satisfacción que compensa con creces la desazón y el malestar causados por las críticas y alguna que otra injuria‒ vertidas en su contra en las redes sociales.
El tronco del Álamo al inicio de los trabajos para su recuperación

        
Un sudario de silicona para recuperar un símbolo
Las operaciones de recuperación del Álamo han sido casi una hazaña comparable a los doce trabajos de Hércules de la mitología griega, el primero de los cuales consistió en matar al león de Nemea y despojarlo de su piel, que es exactamente, como vamos a ver, lo que hubo que hacer para comenzar. El pasado 13 de febrero, tras retirar la cubierta de tela impermeable que los mantuvo protegidos de la intemperie durante casi dos años, los maltrechos restos del tronco fueron puestos de nuevo a cubierto bajo una gran carpa desmontable en la cual poder realizar in situal abrigo de la lluvia y de la nieve, los trabajos previos a su reproducción, que incluso exigieron la instalación de un sistema de calefacción formado por dos grandes estufas de gas para mantener en su interior unas determinadas condiciones de humedad y temperatura. La primera de estas operaciones consistió en hacer un molde del tronco empleando elastómero de silicona y escayola, trabajo minucioso que duró casi tres semanas y que llevaron a cabo María Gimeno y Joaquín Esquer, dos reconocidos escultores de los que ha dependido en gran parte el magnífico resultado final de la obra. Este molde, compuesto por cuarenta y cuatro piezas numeradas, es el que ha permitido reproducir con el más mínimo detalle las formas insólitas del tronco del árbol, labradas por esos dos grandes artistas que son la Naturaleza y el lento transcurrir del tiempo

La escultora María Gimeno aplicando capas de elastómero de silicona en el tronco del Álamo


María Gimeno y Joaquín Esquer aplicando la capa final de escayola que divide las piezas numeradas del molde
El tronco apuntalado y cubierto por capas de silicona y escayola que formaron el molde para su fundición en bronce 

          

          Una vez realizado el molde y retiradas las piezas de silicona y escayola que como un gran sudario blanco cubrían completamente el tronco muerto del Álamo, tomaron el relevo en los trabajos de recuperación Cristóbal Homero, carpintero y ebanista, Rocío Casasus, restauradora especialista en talla y policromía de madera, y Alfonso Barrón, arquitecto técnico, todos integrantes del equipo multidisciplinar de las empresas Water Wood Agua y Madera, y Garbi Madrid Conservación y Restauración, ambas dedicadas a la conservación del patrimonio artístico y monumental. Estos trabajos, que duraron dos semanas y se alargaron hasta el 30 de marzo, consistieron primeramente en hacer una planimetría del volumen del tronco, lo que técnicamente se conoce como siglado, para lo cual hubo que montar una estructura o cimbra auxiliar construida en madera a dos alturas, una a 0,50 y la otra a 1,50 metros de cota sobre el suelo para determinar el perímetro exacto del mismo y poderlo montar en el futuro con total fidelidad. Terminado el siglado, los restos del tronco, que prácticamente se reducían a la corteza y a la albura muerta del árbol, fueron desmontados y trasladados a un taller de restauración en Galapagar, donde se les sometió a un tratamiento de choque térmico para eliminar xilófagos y se les aplicó un gel insecticida y fungicida. Las piezas del tronco resultantes de estos trabajos de recuperación fueron reforzadas con un recubrimiento interior de resina acrílica con velo de fibra de vidrio para su conservación y futura musealización, tras lo cual han sido depositadas en dependencias municipales del Ayuntamiento de Miraflores de la Sierra hasta que se pueda habilitar un espacio donde ser montadas y expuestas. El 14 de marzo se demolió el bloque de cemento armado con el que se había rellenado el tronco en 2006, últimos restos del antiguo monumento. La plaza del Álamo quedó aquel día extrañamente vacía, sin el gran tótem que la convertía en uno de los focos de atracción visual más poderosos del paisaje urbano de Miraflores de la Sierra. Sería por poco tiempo.

Alfonso Barrón tomando mediciones telemétricas para hacer el siglado del tronco del Álamo


Cimbra de madera instalada para calcular la volumetría del tronco. Las zonas donde falta la corteza aparecen rellenas de arcilla tras los trabajos de obtención del molde  



Detalle del siglado del tronco del Álamo, en el que se aprecia la belleza y espectacularidad de sus formas 







Planimetría del volumen del tronco con el despiece de las partes aprovechables para su futura musealización 
Una vez desmontados, los restos aprovechables del tronco fueron embalados para su transporte a Galapagar. A la izquierda de la imagen aparece el bloque de cemento armado con el que fue rellenado el árbol en 2006
Demolición del esqueleto de cemento armado del Álamo, últimos restos del antiguo monumento protegido. Pronto sería sustituido por el nuevo fundido en bronce cuya existencia deberá ser igualmente larga
          
La fundición del nuevo Álamo          
A la vez ya se estaban realizando los trabajos de reproducción del tronco, iniciados a principios de marzo en los talleres de Arte-6, una veterana empresa dedicada a la fundición de escultura en bronce situada en Arganda del Rey. Dirigida por el escultor y fundidor Ángel García Segador, en sus talleres se han fundido esculturas que hoy son referencias indispensables del paisaje urbano de Madrid, como el conjunto de dos grandes cabezas de bronce de Antonio López tituladas El día y la noche (2002), situadas en el exterior de la estación de Atocha, el monumento a los abogados laboralistas de Atocha, en la plaza de Antón Martín, obra de Juan Genovés (2003), y más recientemente La rana de la fortuna de la plaza de Colón, obra de Eladio de Mora (2014).
          Los trabajos de creación de la escultura del Álamo en Arganda del Rey han sido motivo de verdadera admiración para el autor de estas líneas, tanto por la complejidad de la técnica empleada de fundición de bronce en molde de arena como por la maestría de los artistas que los han llevado a cabo, que nunca llegarán a estar suficientemente remunerados por su labor creativa en éste y otros proyectos. Lo primero que hicieron fue reproducir en cera, una a una, las cuarenta y cuatro piezas del molde de silicona obtenidas in situ en Miraflores de la Sierra para formar con ellas el molde definitivo para su fundición. Después, cada pieza de cera reproducida se colocó sobre un lecho de arena de sílice muy fina mezclada con aglomerante y un catalizador químico. Esta arena, fuertemente compactada dentro de un cajón metálico y convertida en un bloque refractario, deja entre sus dos mitades una cavidad con la forma exacta de cada pieza en donde, una vez retirada la cera, se vertió el bronce fundido a través de unos unos conductos llamados «bebederos». De todas las técnicas que estamos describiendo, ésta es la más espectacular y la que merece ser contemplada al menos una vez por los amantes de la historia del arte, pues se ha utilizado desde hace milenios para perpetuar la memoria de los personajes más célebres de la antigüedad y representar a las deidades de la mitología clásica y de todas religiones. Si la vieja técnica de fundición en bronce se ha empleado para erigir bustos y estatuas ecuestres, si ha servido para reproducir efigies y máscaras mortuorias, como la misma de Vicente Aleixandre que conserva el pintor y escultor Miguel Rius en Vistalegre, la antigua casa del poeta en Miraflores, nada nos ha parecido más apropiado que inmortalizar con ella el simbólico tronco muerto del árbol al que aquel dedicó uno de sus poemas, quizá compuesto bajo su misma sombra.
    
Retirando la cera de una de las dos mitades que forman el molde de una pieza del tronco del Álamo 
Vertiendo la colada de bronce en dos moldes de los que saldrían piezas del Álamo. La penumbra del taller y el resplandor del metal fundido en el crisol dan a la escena un cierto aire pictórico tenebrista 
La colada de bronce fundido relumbrando a través del bebedero en el interior de uno de los moldes del Álamo
Piezas del tronco una vez enfriadas y extraídas de sus moldes de arena. Su tonalidad tras el proceso de fundición es amarillenta y terrosa, salvo en los bordes pulidos para quitarles las rebabas formadas en ranuras y bebederos 

          La penúltima fase de los trabajos fue quizá la más complicada de llevar a cabo. Como si fuera un enorme puzzle, hubo que ensamblar y unir sólidamente con soldadura autógena cuarenta y cuatro pesadas piezas de bronce de formas irregulares y caprichosas, con muy poco margen de error para lograr una reproducción exacta. Esta labor la llevó a cabo Paco González Campeño, un artista soldador con el conocimiento del oficio y la creatividad necesarias para asumir el reto. En esta etapa decisiva del proceso, en la que ya se materializaba el trabajo previo de tantas personas, vimos crecer la escultura del Álamo día a día y semana a semana, dejando ver en su tortuosa corteza metálica los costurones de la soldadura que poco después disimularían los ácidos de la pátina.   

Paco González Campeño soldando las piezas de bronce del Álamo, una de las labores más complicadas y exigentes de todas las que se realizaron en los talleres de Arte-6
Ángel García Segador y Paco González Campeño con Luis López Villamor, escultor y amigo del autor que acudió en ocasiones como asesor artístico a la supervisión de los trabajos     
Una de las piezas del tronco, de más de cien kilos de peso, antes de ser soldada a la escultura en construcción. Se ven en ella las rebabas formadas en las juntas del molde y en los bebederos por los que se vertió el metal en fusión 

          La aplicación de esta pátina fue el trabajo que puso punto y final al largo proceso de creación de la escultura. De él se encargó Saulo de los Santos, otro de los grandes artistas que trabajan en Arte-6, que es el que asume la responsabilidad de dar el acabado final a ésta y a casi todas las obras que se funden allí. La pátina es una capa que se aplica a la superficie del bronce para frenar el proceso de oxidación del metal en contacto con el aire, y que además permite dar la tonalidad deseada a las esculturas fundidas en esta aleación metálica compuesta por un 90% de cobre y un 10% de estaño, zinc y plomo. Esta técnica se empezó a utilizar durante el Renacimiento para dar apariencia de antigüedad clásica a las esculturas ecuestres de los príncipes italianos y equipararlos así a las de los emperadores romanos. Nosotros no hemos aspirado a tanto para nuestro Álamo, pero sí hemos querido recuperar con ella la huella original dejada en su tronco por el transcurso lento de casi cuatro siglos. 
          Según los ácidos empleados, se pueden obtener acabados con todo tipo de coloraciones, brillos y gradación de matices gracias a la gran porosidad de la superficie del bronce, un material que sale de la fundición con un apagado tono amarillento de aspecto terroso. Con buen criterio decidimos dar a nuestro Álamo una pátina de tonalidades muy sobrias, dado el gran tamaño de la escultura y la necesidad de reproducir el aspecto original del tronco. En caso contrario habríamos corrido el riesgo de convertirlo en uno de esos adefesios estéticos que tanto proliferan en las rotondas de las carreteras de acceso a la sierra y en algunas plazas de nuestros pueblos. Hay varias formas de dar las pátinas al bronce, pero Saulo las aplicó en caliente por ser ésta la más rápida y de efectos más duraderos, utilizando un soplete de gas a toda potencia para abrir los poros del metal antes y después de rociar su superficie con soluciones químicas compuestas por agua mezclada con percloruro de hierro y otras sales metálicas.

Las caprichosas formas de la escultura del Álamo después de aplicarles la primera pátina

Saulo de los Santos calentando la superficie del bronce tras aplicar la solución de sales metálicas que darían el sobrio acabado final a la escultura
Tras repetir varias veces la operación de patinado en caliente, Saulo puso punto final a los trabajos de creación de la escultura del Álamo en la tercera semana de mayo de 2017
          
          Los trabajos de recuperación del Álamo de Miraflores de la Sierra finalizaron a comienzos de la tercera semana de mayo de este año 2017, en el que se conmemora el cuarenta aniversario de la concesión del Premio Nobel de Literatura a Vicente Aleixandre, el poeta que lo inmortalizó como símbolo en uno de sus poemas de su libro En un vasto dominio. A primeras horas de la mañana del jueves 1 de junio la escultura fue cargada en un enorme camión góndola y transportada a Miraflores de la Sierra. El paso de semejante carroza procesional cargada con un extraño artificio de bronce de dos toneladas y media debió ser todo un espectáculo para los conductores que tuvieron la suerte de cruzarse con ella por la autovía de Colmenar. No menos espectacular fue su descarga con una grúa en el mismo lugar y con la situación exacta que ocupaba el tronco original, a la que asistieron, admirados, algunos vecinos madrugadores.

El camión cargado con la escultura del Álamo a su llegada a Miraflores de la Sierra

La escultura del Álamo ya colocada en su emplazamiento original. El banco circular de piedra que rodeaba el árbol en vida decidimos separarlo dividido en dos mitades para no ocultar ninguna parte de la obra de arte


          
          La recuperación del Álamo forma parte de nuestro decidido empeño para conservar el patrimonio cultural y medioambiental de Miraflores de la Sierra, política a la que queremos dar mayor alcance con la ampliación del catálogo de bienes protegidos recogido en las normas subsidiarias municipales de planeamiento urbanístico, incluyendo en el mismo antiguas minas abandonadas, casas de peones camineros amenazadas de derribo, viejas cruces conmemorativas de piedra labrada, casillas ganaderas, cercas de huertos y prados y el importante patrimonio inmaterial constituido por los paisajes más representativos y valorados de nuestro entorno, incluidos los cielos nocturnos. Todo ello hasta que se redacte y se apruebe un plan general de ordenación urbana adaptado a las exigencias ambientales derivadas de nuestra situación en el entorno inmediato del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, ambiciosa tarea en la que ya estamos dando los primeros pasos. Hasta el momento el esfuerzo está mereciendo la pena.   

1 comentario:

Jorge Caneda dijo...

Entre los años 1962 y 1977, durante aquellas vacaciones de verano de tres meses que tuvimos, pasé muchas horas sentado en el banco del Álamo, comiendo pipas y patatas fritas. La desolación que sentí al ver morir los álamos de Miraflores cambió para siempre mi relación con este pueblo, algo murió. Había otro Álamo cerca de la casa de la carretera de Rascafría en que pasamos los veranos de 1974 al 77. Tenía este magnífico árbol un banco desde el que trepábamos sus generosas ramas, sensaciones difíciles de describir. Generosa también la sombra que proyectaba protegiéndonos de la solana intensa de algunos de los veranos.

Muchas gracias a todos los que habéis participado en este proyecto y especialmente al amigo Julio, que nos mantiene conectados con nuestra historia.

Jorge Caneda Schad, desde los EE.UU. en que resido desde el 77